Carta a un político
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Creo en la verdad que despierta cada día y empieza de nuevo, en el alba que no termina de humedecer de tristeza y en la suavidad extrema de un pétalo sin color. Necesito hablar para sentir paz y quejarme para sentirme acompañado, repetir los párrafos para vivir mejor los momentos y teñirme con la sabiduría del trinar, sin piano ni guitarra. Me fortalecen las esquinas moldeadas y las verdades sin soluciones plenas, los silencios que despiertan y se quedan atónitos ante la primera consonante pronunciada y los arrebatos que no amedrentan. Siento la paz en las alas de la paloma, y no en el pico, el temor en el barro que no sana y la impresión más conmovedora en las arrugas de mi frente, cargada de certidumbre incierta. Descubro la sencillez en la horma del zapato y la tristeza en la mirada de un gato no deseado, el calor en la acera recién iluminada y la distancia en la lectura fría de razas que ya no existen y siguen estudiándose para encontrar más diferencias a las apariencias. Apoyo los discursos que no suenan a alegatos, si no son merecidos, el confort de un momento de estrés -vivido por los demás- en la búsqueda de respuestas, el minuto de silencio antes de una oración y el sabor de reconocerte incompleto, los principios que se someten a análisis y las barandas que dejan ver lo que pretendieron esconder, a quien pueda nadar en los cementerios y a todo aquel que esté dispuesto a oír lo que nunca quiso escuchar.
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