«Estábamos allí, Kristian y yo, bajo ese cielo plomizo que conocíamos tan bien. Observando en silencio la nada circundante que habíamos contribuido a hacer aún más intensa. Kristian había dejado de cantar esa canción que había sido la banda sonora de nuestra furia, y ahora, inmóvil, miraba al mar. Yo estaba sentado. Con las piernas cruzadas, bajo esa escultura que tan repentinamente había revolucionado nuestras vidas…, y todo se convirtió en una especie de ceremonia zen…» Un macabro hechizo desencadena una intensa aventura. Como en una especie de road movie entre Italia,...