Sarah vagó de cama en cama, mirando a los pocos pacientes en la Clínica Hedley. Era un contraste tan bienvenido de cuando llegó y estableció el improvisado hospital frente a Río Negro. El área de tratamiento estaba a rebosar de pacientes desde el primer día, todos con una necesidad desesperada de atención. La malaria, la fiebre amarilla, el cólera, la fiebre tifoidea y la diabetes no controlada habían corrido de forma desenfrenada en toda el área. Pero gracias a los medicamentos antipalúdicos, las vacunas, los antibióticos y las soluciones de rehidratación, el número de...